LUIS PARREÑO Y LA VOZ DE ALBACETE
TANTO MONTA, MONTA TANTO


Teniendo en mi poder unas pocas fotos de Luis Parreño, se me ocurre pedirle a Sebastián Moreno que me cuente algo de aquellos años en los que fueron compañeros. Amable como siempre el amigo Sebastián, con rapidez me contesta mandándome lo que a continuación os muestro junto a unas fotos que también incluyo, y que hace un tiempo publicó en Facebook. Vagos son los recuerdo de Luis, mi niñez se fue con ellos. A pesar de ello, tanto Sebatián en este momento, como su hijo José Luis en otros tantos, nos hacen ver que fue una persona ejemplar. No seria de extrañar, que tanto Luis como mi padre, ahora estén echando una partida, saboreando un café y, ¿Por qué no?, también un buen puro.
Por Sebastián Moreno.
Recibo unas viejas fotografías, que me envía José Luis Parreño, hijo del periodista Luis Parreño, de cuyo fallecimiento hace ya doce años, triste día que José Luis ha glosado, con sensibilidad, en La Tribuna, periódico en el que Luis escribió hasta su muerte, tras el calamitoso cierre de La Voz de Albacete, diario en el que los dos compartimos 13 años de brega e ilusiones.

Sebastián y Luis en la
mesa de correcciones.
Las fotos incitan al recuerdo: una, juntos en la mesa de correcciones; otra, en un acto oficial, donde habla Luis; yo escribiendo la crónica, no zampando, el que zampa es Pedro García Munera, editor del diario, y a su lado, Ramón Bello Bañón, colaborador y alcalde de Albacete, fumándose un puro. Otra foto muestra la puerta del viejo periódico, en la calle Zapateros, donde solían acudir muchos lectores para ver sus entrañas.

La última frase que crucé con Luis fue por e-mail, poco antes de su fallecimiento, después de leer un artículo suyo en La Tribuna, en Internet: “Te leo. Estás a años luz de los que escriben en ese diario”. Y lo mantengo. Luis no tenía ninguna cualidad especial, extraordinaria, como algunos personajes aureolados por la gente más que por la realidad. Luis era sencillo, normal, pero bueno en todo lo que se proyectaba. Buena persona, buen periodista, buen compañero, buen amigo. Algo muy difícil: equilibrar tantas cualidades. Era un hombre que volcaba su bohonomía sobre cada uno de sus actos, en el sentido literal de la expresión. De sus grandes pasiones, me quedo con dos: Albacete y el fútbol, ahí no le ganó nadie.

Yo entré en el periódico, a través de su director, el poeta y periodista Antonio Andújar, al que le encantaban algunas de mis colaboraciones espontáneas de jovencito. El primer artículo que me publicaron, muy destacado, fue sobre la Inmaculada Concepción, que me valió la felicitación del obispo Arturo Tabera, que luego Pablo VI se lo llevó al Vaticano como cardenal.

Cuando llegué al periódico, el único redactor era Luis que, además, era el corrector. Le relevé como corrector, tarea que compaginé con la de redactor. El trabajo de corrección era bastante ingrato, se hacía en el taller, donde los operarios te llevaban unas pruebas, impresas con rodillos manuales, para que aún pudieran corregirse en las linotipias, aquellas gigantescas máquinas de escribir cuya “tinta” era plomo fundido. Todo era muy artesanal, desde la elaboración de las páginas en plomo, en la platina, que era el quirófano del diario, hasta los titulares, hechos a mano. Nada que ver con lo que vendría después.

En un acto oficial,
Luis habla, Sebastián escribe.
La familiaridad con las linotipias, artefactos que tardaban media hora en calentarse para arrancar y otro tanto para apagarse, no nos vino mal en una ocasión. Una noche, al acabar, me acerqué a tomar un café al Alto de la Villa, a escasos metros del periódico, lugar famoso en la región porque tenía más de veinte tugurios de putas, en pocos metros cuadrados. Al entrar en uno de ellos, un cliente le pegó un tiro a otro, que resultó ser el chulo de una de las camareras. Murió el agredido. Llamé corriendo a Parreño, que en esa época era director, y me autorizó a publicar la ultimísima hora, con algunos ejemplares ya editados. “Pero ya no están los linotipistas”, me advirtió Luis. Las linotipias estaban todavía calientes, yo mismo hice de linotipista y al día siguiente salíamos con la noticia del suceso.

Puerta del viejo periódico
en la calle Zapateros.
Pese a que el periódico se corregía línea por línea y globalmente, -Andújar, Luis yo siempre dábamos un vistazo antes de empezar a tirar ejemplares en la rotoplana-, se colaban erratas. Algunas fueron antológicas, como la que propició Juan Moreno, un tipógrafo con problemas de vista, que compuso este titular, un 7 de diciembre: “Mañana, festividad de la Putísima Concepción”. Fue antes de llegar yo, y se publicó con el lógico disgusto del Obispado.

Yo también pasé una y gorda, por la que estuvimos una semana en la “Cárcel de papel”, que el inigualable humorista Evaristo Acevedo tenía en La Codorniz. Fue cuando durante uno de los viajes del Papa a Fátima, se coló el teletipo de la Agencia Cifra, que hablaba del 50 aniversario, o una cifra similar, de las apariciones de la Virgen, y pusimos el 50 por ciento de la apariciones. Decía Acevedo que estaba bien la modernidad aportada por el Concilio Vaticano II pero incluir los términos económicos en las apariciones religiosas, era demasiado.

En la batalla del taller, Luis yo nos batíamos el plomo, por las noches, además de cubrir actos oficiales y otros eventos para llenar el periódico cada día. Enfrente, había un bar, “La Confitería”, en cuyo trayecto no volvió a crecer la hierba, era el escape a toda la presión diaria. Inolvidables fueron, también, las escapadas periódicas a Las Mariquillas, en la ribera del Júcar, con el poeta Manuel Terrín, para comernos un conejo asado, y liberarnos un rato de la presión del diario, que, cada día, duraba hasta la madrugada.

La batalla diaria estrechó nuestra relación profesional y fuimos, además de compañeros, amigos. Aristóteles venía a decir que algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud, una sentencia que puede salir al paso de quienes confunden compañerismo con amistad, situaciones que no siempre se producen en la vida. En nosotros, se produjo. Aunque, dado el carácter bonachón de Luis, no fue difícil.
No sé cómo se sentiría Luis cuando la desastrosa gestión del editor confió el diario a manos inútiles que lo llevaron pronto al cierre definitivo y a la ruina. Yo, viendo el panorama, me había autodespedido, a finales de los setenta, para fundar Albacete 7 Días, publicación que sedujo al presidente fundador del Grupo 16, Juan Tomas de Salas, hasta el punto de llevarme a su revista Cambio 16. Pero esa es otra historia.

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