LA OTRA VIDA DE MUCHOS TOREROS


Mucha gente pensamos o piensa, que el ser torero, es sinónimo de gloria, lujo, dinero y demás opulencias, pero en su gran mayoría del escalafón no es así, el lujo, el dinero y la gloria continúa, es para unos pocos elegidos.

Muchos matadores de toros y  miembros del escalafón inferior, no pueden por desgracia vivir de torear y tienen que buscarse trabajos alternativos a su profesión para poder "sobrevivir" durante el tiempo que no salen contratos, son diversos y diferentes los oficios a los que se dedican los toreros que no pueden ejercer su profesión en la medida de las oportunidades que a ellos les gustaría.


Foto María Vázquez 
Y con esto demuestran una vez más, el mérito que tienen y lo mucho que hay que valorar a estos toreros cuando se visten de luces, que posiblemente pasen el invierno sin hacer un tentadero, sin ver un pitón como se dice en el argot taurino, y luego se le exige como a una figura, la cual tiene la suerte de dedicarse en exclusiva a ser torero, sin otra distracción que entrenar.

El pasado domingo publicaba un gran reportaje en su suplemento dominical el diario El Mundo, excelente e interesante reportaje del gran fotógrafo Juan Pelegrín, fotógrafo oficial de las ventas y de su página Web, en el cual muestra vario ejemplos de esta situación que describimos anteriormente.

A continuación os dejemos una parte de esta entrevista, en la cual interviene el novillero conquense, afincado en Albacete, Mario Julián Sotos, antiguo alumno de la escuela taurina de Albacete.

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-Feria de San Isidro, un mes de toros. Al final de una tarde cualquiera, un taxista espera para cargar frente a la Puerta Grande de la Monumental madrileña. Cuando arranca con su cliente, subiendo hacia Manuel Becerra por la calle de Alcalá, un pensamiento no se le va de la cabeza: «Qué pensaría ese señor si supiese que yo soy matador de toros, que he estado toreando ahí, en la Plaza de Las Ventas», remata con una media melancólica. El taxista es Alberto Lamelas (Cortijos Nuevos, Jaén, 1984). Tras tomar la alternativa en mayo de 2009, tardó cuatro años en confirmarla en Las Ventas. Hasta este mes de septiembre llevaba más de dos años sin pisar un ruedo en España, aunque sí que se ha vestido de luces en Francia. ¿Por qué? «Es impensable que en Francia las condiciones económicas sean malas. Impensable. Allí se me ha respetado y por eso me he vestido allí de torero».

-¿Y en España?

Aquí las condiciones que me han ofrecido no eran las más oportunas.
Silencio. Fiestas, grandes coches, intelectuales y hermosas mujeres revoloteando alrededor de los toreros que pasan el día en sus fincas. Ése es el estereotipo que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en un matador. Pero nada más lejos de la realidad: muchos tienen que completar sus ingresos con los oficios más variopintos. Hay camareros, albañiles, vendedores, recolectores de aceituna...

Ésta es la vida fuera de los ruedos de los toreros obreros.

El propio Alberto Lamelas vio en 2011 que la situación era insostenible y tomó una decisión: «No se puede vivir del aire y yo me sentía como un vago al depender casi al 100% de mi familia, así que decidí dar el paso de tener un taxi y no me arrepiento para nada». Este trabajo, asegura, le ofrece la libertad que necesita: «No es una empresa donde tienes que fichar de ocho a tres, no me quita ni un segundo de mi dedicación al toro».

Para entender la decisión de Lamelas, hagamos las cuentas. En las plazas de tercera categoría, donde los matadores más modestos forjan sus breves temporadas, el salario mínimo, fijado en el BOE, es de 9.944 euros. Una vez ejecutadas la estocada del IRPF y el descabello de la Seguridad Social, al torero le quedan 7.716 euros. Mientras tanto, los gastos, también según el boletín, alcanzan los 8.153 euros. Es decir, que a un matador del grupo C que cobre los mínimos -lo más habitual-, le puede costar 437 euros jugarse la vida en una corrida.

Todo esto en un mundo ideal. Porque cuando Alberto Lamelas afirma que las condiciones que le han ofrecido no son «las más oportunas», está diciendo que en algunas plazas no le han ofrecido, ni siquiera, los mínimos establecidos por la ley. Es decir: que vestirse de torero, aguantar las embestidas del animal, jugarse sus muslos, someterse a los caprichos del público y tener a su familia en vilo mientras dure el festejo le habría salido todavía más caro.

"Me sentía un vago al depender de mi familia. Pero el taxi no me quita tiempo de dedicación al toro"

Raúl Cámara (Colmenar de Oreja, Madrid, 1990), novillero, pone cifras al fenómeno: «Holgadamente del toro viven una mínima parte de matadores, ni el 20%... Los 10 primeros del escalafón me atrevería a decir... La gente piensa que los toreros tenemos mucho dinero. Y no. Cuando toreas te ofrecen, con suerte, los mínimos y con eso no te queda nada». Pase del desprecio: «Si además viene la televisión y te quitan la comisión, entonces te cuesta dinero vestirte de luces». 

Cuando la crisis se llevó por delante su negocio familiar, Cámara se familiarizó con términos como inteligencia financiera o network marketing. Hace unos años tuvo que meterse a trabajar como vendedor para una firma de productos de nutrición. Ahora es socio de dos tiendas y se dedica a formar a otros comerciales que le generarán beneficios por cada una de sus futuras ventas. «Esto es algo temporal», espera. «Dentro de unos años me generará unas buenas cantidades y podré dedicarme al 100% al mundo del toro».

Harto de las ofertas a la baja para torear, Cámara decidió no pisar este año los ruedos. «El problema es que antes se quería torear para hacerse rico y ahora hay que ser rico para poder torear», denuncia. «Cuando un torero va por debajo de los mínimos, lo que está en juego es la supervivencia de la profesión. Por eso yo no lo hago y muchos compañeros míos tampoco».

Aún así, sigue entrenando seis horas al día. «Con el físico, la nutrición y estando bien mentalizado, estás siempre preparado», apunta. «Además, como ahora tengo más dinero, estoy toreando en el campo más que cuando toreaba en las plazas».

"El problema es que antes se quería torear para hacerse rico y ahora hay que ser rico para torear"

El toreo en el campo es la base de la preparación de todo matador. Se hace fundamentalmente en invierno, pero esa preparación también tiene su coste, sobre todo si no eres una figura y los ganaderos no te invitan. «Un toro en el campo cuesta lo que quiera pedirte su criador: entre 800 y 1.800 euros, en función del prestigio de la ganadería», dice Cámara, lo que añade más gastos a sus economías poco boyantes.

Así lo hizo el novillero Mario Sotos (Hinojosa, Cuenca, 1992), quien debutó con cierto éxito este agosto en Las Ventas. Para preparar la cita más importante de su vida, lidió cuatro animales: «Dos vacas que me echó Samuel Flores y dos toros que maté en el campo». Cada uno le costó 1.500 euros. Suponiendo que cobrara los honorarios mínimos en plazas de primera, después de impuestos, su éxito le saldría a deber: 550 euros a cambio de jugarse en la vida en el ruedo más importante del mundo.

Mario dejó de estudiar a los 16 años. Durante la temporada, se dedica sólo al toro: «Hay que estar las 24 horas del día en cuerpo y alma». Pero eso no le llega, ni de lejos, para meter un sueldo en casa. De ahí que, cuando la temporada se acaba, se busque la vida donde pueda: «En fincas de caballos, en la construcción, en el bar de la familia...». 

Fuente www.elmundo.es

Puedes leer el reportaje completa aquí

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