¡LOS QUE HEMOS VISTO A CÚCHARES...! Y ALGUNA FOTO MÁS


Hay quien se pasa la semana inquieto y nervioso, esperando que llegue el domingo para ir a la corrida; y hay quien, por el contrario, reniega de los toros, y quiere hacernos creer que no volverá a la plaza, así le aspen.


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Parte de la portada del la revista semanal de espectáculos "EL TOREO CÓMICO".

LOS MAJADEROS

Se ha puesto de moda eso de decir pestes de la empresa, del ganado y de los toreros, y es muy frecuente oír decir en el café: 

- ¿Yo? ¿Ir yo a los toros? ¡Jamás! Los que hemos visto a Curro Cúchares, y a Cayetano, y a Jaqueta, en sus buenos tiempos, no podemos transigir con la gente de hoy. ¡Es un escándalo lo que pasa! ¡Ya no hay toros, ni toreros, ni público, ni monos, ni alguaciles, ni nada, absolutamente!... 

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Cabecera de la revista.

Los que oyen al anatematizador de nuestros diestros actuales, se sienten poseídos del mayor respeto, y dicen para sí:

- ¡Caramba! ¡Qué hombre tan inteligente y tan serio debe ser este señor! ¿Qué de cosas buenas habrá visto en este mundo!

Pero luego resulta que el tal sujeto es un boceras, como diría el teniente alcalde de mi distrito, y que trata de aparecer ante nuestros ojos como un «hombre superior» y perteneciente a otra época, en que los toros eran monstruos devastadores, con rayos en los cuernos y dinamita en el rabo, y los toreros gigantes invencibles, que cogían a las reses y se las metían entre la faja.

Conocemos a un D. Matías que se las echa de aficionado viejo y desengañado del mundo. Cuando delante de él se habla del Guerrita o de la intrepidez de Badila, o de la serenidad de Lagartijo, el hombre sonríe desdeñosamente, y nos mira a todos con desprecio profundo. Algunas veces llega a decir en el colmo de la indignación: 

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Cuando no había medios suficientes, las ilustraciones eran así.
Imagen de la revista "EL TOREO CÓMICO".
-Cuando les oigo a ustedes hablar de los toreros de hoy día, me dan nauseas. ¿Qué entienden ustedes de toros? Yo, así me maten, no pongo los pies en la plaza. No quiero ver monas ni mariquitas, ni aficionados sin vergüenza. 

-Pero...-se atreve a replicarle alguno. 

-Hoy no hay quien sepa de toros ni de nada. ¡En mis tiempos!... ¡Oh! ¡Qué tiempos aquellos!... Mire usted: vi yo al Cúchares liarse con un toro frente al tendido número 4 de la plaza vieja, que aquello era gloria. Salió el animal y se puso a oler un caballo; después, sin hacerle nada, se fue hacia la puerta de arrastre y comenzó a escarbar y a mover el rabo. Entonces Cúchares se abrió de capa y le tomó por la derecha, después por la izquierda, después por el centro y acabó por cogerle una muela que se le movía y arrancársela de un tirón, como pudiera hacerlo el mejor dentista. ¡Qué aplausos! ¡Qué gritos de júbilo! Un aficionado le tiró la petaca, otro una bota llena de vino Montilla, otro un jamón en dulce.

-Sí -interrumpe uno de los oyentes- y otro un niño de seis meses, recién vacunado. 

El tal D. Matías se enfurece cuando toman a broma sus aseveraciones, y días pasados dijo que iba a tirarle a la cabeza el frasco del aguardiente a cierto guasón que va al café y se ríe del buen señor en sus barbas. 

Esto del frasco lo dice D. Matías cuando el guasón no se halla presente y tiene la seguridad de no ser oído; que lo demás... 

- ¿Pero D. Matías? -le decía uno la otra tarde:- ¿Por qué no quebranta usted su juramento? ¿Por qué no va usted a los toros?

-He prometido no poner los pies en la plaza y no los pongo aunque sepa que van a darme allí monedas de cinco duros. 

-Pero ¿por qué? 

-Porque me da vergüenza ser español desde que se han acabado los toreros. ¿Ir yo a la plaza? ¡Quite usted por Dios! Antes me dejo meter un "cornetín de llaves por las ventanas de la nariz” ustedes tienen la culpa de lo que está pasando, porque se abonan y van a sancionar con su presencia las barbaridades de hoy día. ¿Ir yo a los toros? Primero me dejo hacer albondiguillas. 

Y al decir esto, D. Matías descarga dos o tres puñetazos sobre la mesa y extiende el labio inferior en señal de desprecio. Algunas veces, en el colmo de la indignación, se arranca tres o cuatro pelos del bigote y los deja sobre el tablero de mármol. 

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Anuncio en la revista de una sastrería en 1890.
Imagen de la revista "EL TOREO CÓMICO".
Hay quien cree que D. Matías no dice una sola palabra de verdad, y que su deseo único consiste en aparentar una indiferencia hacia los toros que está muy lejos de sentir. Asegura que el arte está en la mayor de las postraciones; que el ganado no da juego; que los matadores son unos mamarrachos, los piqueros unas amazonas tísicas, los chulos unos saltamontes, y los presidentes unos besugos putrefactos; pero D. Matías no pierde corrida, y hay quien le ha visto en un tabloncillo de la grada cuarta, con el sombrero calado hasta las cejas para no ser conocido. Asegura un hojalatero que tiene el asiento inmediato al de don D. Matías, que éste se entusiasma con frecuencia y prorrumpe en «bravos» calurosos cuando Lagartijo atiza una de sus estocadas incomparables, o saca un toro a punta de capote, o hace un quite con una larga... 

¿Por qué, pues, dice D. Matías que no va a los toros nunca, y que el arte está perdido, y que la afición ha terminado, y que los toreros son unos chancletas?

Porque pertenece a la numerosa familia de los majaderos, que tienen la manía de que «siempre el tiempo pasado fue mejor» y creen excitar el respeto y la admiración de la gente joven, asegurando que nadie ha visto toros más que ellos, y que el mundo se va a acabar de un momento a otro.

D. Matías sigue diciendo que él no va a los toros nunca, porque se le caería la cara de vergüenza... 

Y la otra mañana le vimos echado de bruces en el suelo, tratando de ver por debajo de la puerta del corral las patas de los toros que debían correrse aquella tarde. 

¿Si será aficionado D. Matías?

Fuente: LOS MAJADEROS por LUIS TABOADA para la revista semanal de espectáculos EL TOREO CÓMICO número 138, publicado en Madrid el 10 de noviembre de 1890.

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