"LA PAZ DE LAS NAVAJAS" 1. Si tengo chiquillas comeré morcillas


Pepi González Cuesta, autora de "La guerra de las putas" y “Entre Navajos y Sabinas. Retazos de El Bonillo”, comparte con nosotros en esta ocasión un relato, según sus palabras; "buscando recuerdos del Albacete del ayer. Momentos de antaño y enredada entre sus líneas, la reina manchega: la navaja.". Relato que os mostraré en 4 partes y que irá acompañada de unos montajes fotográficos que he realizado con la colaboración de Cuchilleria Roncero. Espero que os guste, comenzamos...

Tenía el chiquillo los dedos cuajados de nudos, de tanto arrancarle vida a las ubres tísicas de las vacas, que habían sobrevivido a los años en los que España perdió la razón. Con las cuatro perrillas que habían ahorrado los padres, sacándoles las tripas a la tierra en el pueblo, habían comprado la “miaja” de la casa que miraba al mediodía. 


LA PAZ DE LAS NAVAJAS (1ª parte) Si tengo chiquillas comeré morcillas


Esa fue la única condición que puso la madre, cuando mandó a los dos varones a Albacete a emplear los sudores en la vivienda soñada. Allí partieron los papeles: dos cuartos y la camarica de arriba, para los siete que eran de familia. El resto: el corral sin empedrar, las antiguas gorrineras, los otros camaranchones…todo, para las cuatro vacas que les darían un cacho de pan el día de mañana y si acaso un remedo de ajuar, con que gobernar un buen casorio para las cuatro hijas, que una tras otra le habían nacido a la mujer, y que le hacían espetar contrariada y recién parida cada año: 

-Si tengo chiquillas yo comeré morcilla.

Así que, el muchacho llegó por fin, con todos los parabienes del mundo pegados al pan que los críos fingen traer bajo el brazo.

Con que apañada la vaquería, todos arrimaban el hombro, la madre haciéndole revivir al puchero cada día, aunque casi siempre sonase a hueco, revuelto el caldo con algún “peazo”de tocino rancio y muy de amanecida con la leche recién ordeñada, elaborando queso tierno y si acaso un poco requesón, si la clientela del centro lo solicitaba de seguido. Las hijas arañando la porquería del establo, rebañando hierba de las orillas de las acequias cercanas, para alimentar a las becerras, moliendo las guijas para sosegar los comederos y si sobraba tiempo y ganas, echando alguna aguja sobre el ajuar y la honra no la fueran a perder con lo revuelto de la época.

Antonio, el hijo codiciado, ordeñando, retorciendo las manos y el aliento, pateándose el camino desde el barrio del Molinico, por los redondeles, casi todo el año solitarios, hasta las cancelas de gente bien de en medio de Albacete, que eran casi los únicos con los bolsillos dispuestos, para pagarse algún cuartico de leche apenas sin aguar, con que calarse una buenas sopas cada mañana. En el resto de las callejas ni siquiera se paraba el zagal, porque si no fuera por algún convaleciente al que se le hubiera prescrito un pocillo de alimento y si acaso un pedacico de carne de caballo, de la carnicería de la calle de la Estrella, no había quien le socorriera el jornal y le tocaba pasar de claro, cargado con las cantaras de latón que le amagaban las espaldas un poquito cada día.

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