“LA PAZ DE LAS NAVAJAS” 2. El discurrir del "Guacho"


Antonio, leído por las letras de la vida, que no de la escuela que jamás pisó, se percató a las cuantas semanas del trayecto diario, de que hacían falta unos pocos más de parroquianos con la faltriquera dispuesta, para sacar algo en claro de las vacas y encima para rematar la faena, la leche cada vez más insípida, que hacía lo menos tres o cuatro años, que las pobres reses no cataban macho y el caldo que soltaban no era más que “agua chirle”.


“LA PAZ DE LAS NAVAJAS” 2. El discurrir del "Guacho"

Un tanto de reparo le daba, proponer en la casa lo que se le había forjado en las entendederas, así que se dirigió al padre, que por varón y por viejo a buen seguro le habría de dar la razón.

-Padre, hay quien dice, que en el barrio del mal vivir, el que llaman del Alto de la Villa, es donde más cuartos corren, que para esos asuntos siempre hay perras dispuestas, y que como a las mujeres esas, no les agrada bajar hasta el mercado por los víveres, por no rozarse con las decentes, de fijo que comprarían la leche a mejor precio aún, que los señoritos del Altozano o de la calle Mayor.

El padre al pronto se echó las manos a la cabeza ¿Cómo el cabrito del “guacho” había discurrido algo semejante? Dudó en darle un buen pescozón o aplaudirle la ocurrencia. Se decidió por lo último, que la miseria de las cartillas de racionamiento lo pedía. Eso si, avisándole de que se guardara muy bien de que la madre o las hermanas llegasen a recelar, que subía hasta semejantes callejuelas. Ya se forjarían entre los dos algún embuste, si es que las ganancias crecían, que no sería de mala fe y por tanto no se pecaría

Para el día siguiente dejaron la nueva ruta. El padre, al no ver corriente ni de ley acompañar al muchacho como hubiera sido su deseo, se sacó del bolsillo de pana roída y le puso en las manos al mozo su navajica, la del cabo de asta de toro, la que forjó su abuelo en el taller de la calle Tejares, donde se buscó el vivir durante los tiempos republicanos. Antonio, siempre había admirado la faca en secreto desde su mirar de niño, pero si en algún instante infantil quiso acariciar la hoja, grabada con letras ya desteñidas por el uso, algún cogotazo voló sobre la mollera rapada, que la joya era demasiado querida para jugueteos.

-Antoñico, quita allá la mano- le decía el padre- que ya tendrás tiempo de gozarla, no ves que el día que yo falte será tuya, que por macho es tu derecho. Mira que tus hermanas, van aviadas con las perolas y los trapos que tu madre les acarree para el casorio. Ten “pacencia” que tuya ha de ser, por de pronto escucha como habla la “jodía”.

Puedes comprar los libros de Pepi González Cuesta pinchando aquí

Texto Pepi González Cuesta. Fotos José Mª Mondéjar en el taller de cuchillería Roncero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario