“LA PAZ DE LAS NAVAJAS” 4. El crío saca la navaja de padre


Desde esa vez, ansiaba Antonio el ordeño y se comía los pasos que le separaban de la mancebía y al llegar, se la tragaba con la mirada, para luego a la noche, en la poca intimidad que le prestaba la cortina de saco, que con arandelas había colgado la madre para separarlo de las hermanas, que no tenían ya edad, para compartir sabanas ni conversaciones, jugaba él a los amores furtivos y solitarios, siempre hasta el siguiente mañanear.


“LA PAZ DE LAS NAVAJAS” 4. El crío saca la navaja de padre

Aquel día, cuando ya orilleaba la calle del Rosario, le llegaron relejes de su voz trasnochada, blasfemias y quejidos, que no avergonzaban a las piedras de las paredes, porque hacía mucho que se acostumbraron a tan bajas lindezas.

El galillo del gañán que la sacudía por los hombros casi desnudos, estaba arrebatado por la cazalla, de tal manera, que a rastras la había sacado a la acera y allí en el propio soportal a tortazo limpio le requería cuentas.

-Hija de mala madre, te creías que me ibas a robar y te ibas a ir de claro ¡por mis muertos que te he de matar!

-¡Suéltala “desgraciao”! -las maneras del crío acabaron de madurar en aquel instante.

-¿Y eso quién lo dice marrano? -el bigardo se crecía, la “rosquera” le daba aún para mujeres y niños.

-Esta que tengo aquí- las manos soltaron las cacharras de latón, que en reguerillos de nieve se desgajaron calle abajo. Sacó la navaja del padre de entre la cintura y la faja, sin percatarse de que las lágrimas de acero se le escurrían entre los dedos, figurándose el lance que venía. Cortó de cuajo el aire que lo separaba del matón. Oliendo la sangre y al “golismeo”, habían llegado unos cuantos que no se atrevían a darles razón a ninguno.

-Anda muchachico- la voz de la alcahueta le agarró el pensamiento al lechero- que se le iban a revolver las tripas a los cuchilleros, que alguna vez forjaron una como esta.

Las manos del chiquillo se helaron en el quejido hiriente de la navaja, mientras el gañan con su “tajada” y su cobardía a cuestas, reculaba tambaleante.

-Que sí chiquillo, que las putas también tenemos pasado y yo me crié al pie del “Cerrico la Horca”, en el taller del cuchillero que me sacó de pila. Ya ves, después yo sola me baste para “darme a la vida” pero aún “me recuerdo” de los años que pasé al amparo de la fragua y de “la tizne”. Anda y ve con Dios -recobró la puta vieja, la burda compostura- pero no dejes de regresar mañana con la leche, que la Rosario y mis otras mozas, precisan del alimento para cuando abra la noche y la navajita, hermano, no la saques por tan poco, que para mucho te ha de servir en la vida y no es de ley mancharla con la escasa vergüenza de algunos.

La leyenda que cruzaba desgastada la hoja de acero, se arrebujo tras la cintura de Antonio, sonriendo serena y satisfecha y con silencio ufano hizo brillar sus letras como ayer, siquiera por un momento:

“Mi amo es hombre e’paz”.
Fin.

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Texto Pepi González Cuesta. Fotos José Mª Mondéjar en el taller de cuchillería Roncero.

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