FLORECER (Vamos a darle al retozar...)


Quizás ya conozcáis este relato de Pepi González Cuesta, especialmente si la seguís por facebook, pero para los que no usáis redes sociales, o si simplemente te lo has perdido, aquí te dejo el florecer de uno de esos jubilados que de vez en cuando sienten el bullir del cuerpo.



Mi santa Amparo descendió si acaso a devota, después del barullo que formó en mi placida existencia. Casi cincuenta años de mutuo y feliz desacuerdo no bastaron para quitarle de la cabeza lo del divorcio. Que quería vivir su vida, disfrutar su libertad… pero a mí no me la dio, porque a la semana siguiente de echar las firmas ya bailaba algo más que “agarrao” con un mocito de 68, que por lo visto tenía mejor que yo la próstata y la cartera. Pero bueno, que a mí lo del luto, tampoco me duro mucho, que para duelos y velorios siempre habría tiempo. Eso sí, me cambié a otro club de jubilados, porque entre que uno no es de piedra, para ver a mi Amparo (disculpen lo de mía, pero es que me sale solo) sobeteándose con el chaval y los chismorreos por lo bajo de las marujas de turno. Con lo de que:

- Ya está aquí el “vitorino” o cuidado que roza las puertas.

Se me venían unos espasmos al centro del cuerpo, que para la úlcera digo yo que no serían 

Buenos, así que empecé a frecuentar el hogar del barrio del sol que me habían dicho que había buen ganado (disculpen las señoras, pero es que yo me entiendo mejor en castellano antiguo) Allí la conocí, en una sesión de bingo, entre línea y línea, bajita, con el rostro sonrosado, como si dos pimpollos geraniles se le hubieran colgado en las mejillas. Quería ser coqueta, aunque la verdad no le salía de natural, igual que los pasodobles los jueves en el baile, que no llegaba a encontrarse los pies.

Lo entendí de maravilla, cuando un compadre me aclaró que Loli (la susodicha), se conservaba mocita, vamos que estaba por estrenar. Y aquello me rebulló por dentro. Bueno pues después de varias sesiones de charla, rumbas y cañitas de cerveza, que cuajamos algo parecido a un amorío y de que nos dimos cuenta, vinieron los besos, los arrumacos y el -cuelga tú cari, no, cuelga tú tesoro… el pelar la pava de toda la vida, vaya. Pero claro ninguno nos habíamos percatado de que con el pasar de los años, Loli en su castidad involuntaria y un servidor en aquel maridaje alechugado, no éramos los mismos.

Ella se había endurecido y yo me había ablandado por lo que al llegar el día del debut en lo del uso del matrimonio, iniciado el instante de la consumación, me fue imposible deslodar el atranque y hubimos de conformarnos con los trabajos manuales. Pero amigo, empecinados en ponernos al corriente en el arte amatorio, ambos a la par, decidí buscarme los apaños precisos en el herbolario de la plaza, porque la farmacia no estaba al alcance de mi bolsillo, ni de mi presión arterial, no fuera uno a terminar como Paquito Martínez, que en el momento cumbre del asunto se azuleó de tal manera, que a la pobre viuda que tenía debajo le dio un sofocón que casi la palman los dos, ahí enganchados, como dos perrillos, aunque feo esté el comparar.

Bueno que me desvío del tema, que preferí echar mano de la madre naturaleza y me pegué un chute de ginseng, menta y camu-camu, que no se si serviría para el lío, pero la dependienta me aseguró que era “de lo bueno lo mejor” para según que asuntos. El caso es que semejante mezcla me tuvo tres noches con los ojos como platos y los bajos más alborotados que un quinto sin bromuro, pero es que a la Loli, le faltó poco para aplaudir y dar la vuelta al ruedo.

Hoy recuerdo con querencia aquel despepite primero con la ex-mocita, pero es que una vez despabilados los sentidos, los dos llegamos a la conclusión de que teníamos que aprovechar ese florecer inesperado, que para amarrarse de nuevo siempre estábamos a tiempo.

No digo yo que al llegar a la linde de la vejez, no nos entre el azogue mutuo y volvamos a camelarnos, que en decente y limpia no la gana ninguna a la Dolores, pero mientras tanto, vamos a darle al retozar, que no florece uno todos los días.


Un relato de Pepi González Cuesta.
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Imágenes www.pixabay.com

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