CUATRO CHISTES A LAS DOS HERMANAS A LA HORA DE LA COMIDA (Por Pepi González)


Os presento a Miguel, uno de los nuevos personajes de “La trompeta de los ángeles”. Si pasáis por la calle Mayor, os lo podéis encontrar cortejando a Charo.


“Por lo visto venía de Madrid, a lo primero se había quedado unos días en el Hotel París, en la misma calle Mayor, al poco de cruzar con Teodoro Camino, un poco más abajo de la casa de sus señoritas, que estaba justo enfrente del Palacio de la Bastida, la de la marquesa que tanto había sonado hacía unos meses (y lo que le quedaría que la cosa no era para menos, ¡mira que cortarle la mano a su hija mientras que la estaban velando y quedarse tan ancha...!)

Pero allí le cobraban mucho, estaba solo y la comida de casera no tenía nada, como era natural. Se ve que venía para bastante tiempo, por eso en cuanto se enteró de que el Dos de Copas tenían una alcoba para alquilar, se presentó y como se entendieron, allí estaba, para alegrarles los ojos y las sobremesas a todas ellas. 

Reservado para sus cosas era y mucho, que desde el primer instante dejó claro que la cama se la hacía él y que con que le limpiasen una vez a la semana, el jueves mismo, tenía de sobra y avisándole antes, que él trabajaba con muchos papeles y no se le podía mover ninguno de su sitio. Sacaba su ropa sucia, derecha al cuarto de pilas y trasteaba lo que tuviera que trastear en su habitación. Pagaba lo acordado y les echaba cuatro chistes a las dos hermanas a la hora de la comida, que parece que les tenía tomada la medida para que estuvieran contentas.

Charo, como tomaba un bocado en la cocina, no disfrutaba de aquellos instantes, tenía que conformarse con escucharlos desde lejos, pero luego bien que se desquitaba, que Miguel (así le decían) en cuanto tenía lugar, procuraba tropezarse con ella en aquella galería interminable y oscura que partía la casa en dos y en la cocinilla o en el recibidor y gastarle halagos y chascarrillos, pero todo como un señor, un señor con un cigarro siempre entre los labios, un tanto polvoriento, con un ligero olor a coñac y a misterio, pero un señor.

Si lo viera la Morenaca, una de las putas de la mancebía de la Sandunga, seguro que con esa gracia basta que siempre tuvo, habría dicho que a ese se le jodía con gusto y se le pagaba la cama encima…”

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