ALLÍ ARDIÓ HASTA EL ÚLTIMO TRAPO CON LAS HUELLAS DE LOS CORNUDOS (Por Pepi González)



El olor de El Alto de la Villa, era difícil de quitar para las mujeres que habían pasado por allí. En “La trompeta de los ángeles” lo intentan...


“Seguía viviendo con su hermana en el domicilio familiar de la calle Cornejo, en la última casa de aquel corralón, que conservaba la humedad hasta en el mes de agosto. Para llegar a él, había que cruzar el escalón de la calle, el portal, el pasillo cubierto y hasta la losa de la pila que coronaba el patio.

Para ellas dos tenían de sobra con aquella casica y el alquiler no era malo, que la dueña les tenía aprecio y no quiso aprovecharse. Arreglaron el chospe lo mejor que pudieron, obras no, que no se lo podían permitir y además como lo tenían arrendado, que no era propio...

Pero sus buenas capas de templina que le echaron a las paredes y los friegues que le dieron con petróleo al suelo, para sacarle una chispa de brillo. La cama grande la cambiaron, la del cuarto que fue de la mama y del puñado de hombres que se revolcaron encima con su chacha Llanos, cuando tuvo que empezar a recibir allí, que el somier estaba tan lleno de tufo a sudores ajenos, que no había quien lo quitara. 

Un día, de que la Llanicos se fue a hacer la plaza, la chiquilla (que entonces aún era chiquilla) hizo una lumbre en una caldereta vieja, en mitad del corral, que cuando quisieron darse cuenta las vecinas y acudieron a sofocarlo, había ardido allí hasta el último trapo con las huellas de los cornudos, que se habían refregado en ellos. No se libraron las sábanas, ni las toallas descoloridas, hasta los visos de puntillas que Llanos se ponía para taparse un poco las vergüenzas, se derritieron en cenizas.

La mesa y el resto de los apaños, los dejaron, que bastante culpa tenían. Y la radio igual, que por distraerse con ella, nadie les iba a llamar la atención. Además, que fue la Sandunga la que les dio los cuartos para comprarla...”

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