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lunes, 2 de septiembre de 2019

RASO DE PORTILLO: UN CANTO A LA CASTA EN PEDRAJAS Y ALBERTO POZO INDULTA UN NOVILLO

Un novillo indultado (5º), otro de vuelta al ruedo (2º) y tres aplaudidos en el arrastre. Alberto Pozo se llevó el lote y el triunfo (3 orejas y rabo sombólicos). Cadavid y Reyes de vacío. Extraordinarios los utreros del Raso de Portillo.

Bien, Javier, bien. Javier Fernández Cisneros, es un aficionado pedrajero que viene presidiendo los festejos que se celebran en su localidad natal que, desde ahora y con permiso de la autoridad, o sin permiso, yo la bautizo como la Ceret castellana.

Javier tuvo la brillante idea que todos los aficionados toristas piensan cuando se pide un indulto: sacar el jaco otra vez para ver si el piquero es capaz de endilgarle otra vara, o señalar un picotazo. El caso es que el animal acuda. Y acudió, oiga. Y asomó el moquero naranja de nuevo.

De ahí lo de encabezar esta crónica con la mención expresa del usía, un personaje que a veces es vilipendiado por no conceder un trofeo de más o de menos.

Y se volvió a indultar a un novillo del “Piñón de España” como ya se hiciera hace unos años con uno de los Choperas. En este caso ha sido “Aforadito” del Raso de Portillo. La ganadería más antigua de España, cuyas reses pastan cercanas al Padre Duero, en Boecillo. Ya sé que, a algunos amigos míos, taurinos de verdad como Perico el de El Cossío, son más exigentes a la hora de los indultos, pero para gustos los colores.

Lo cierto es que el indulto al quinto utrero del Raso venía precedido de una tarde gloriosa. De una tarde mágica para el toreo, para la afición y para los que tuvimos la suerte de acudir a este certamen de novilleros que acaba de cumplir su XXI edición. Yo me sé de alguien que no pudo y ahora tendrá que conformarse con esta crónica y el viernes en Grana y Oro. ¡Verdad, maestro Santonja!

Veinte veces acudieron los novillos a los caballos de los piqueros; alguno como el tercero y el cuarto tomaron cuatro varas. Y el que menos dos. Salían de chiqueros como tejones; encastados, buscando incansables a todo lo que se moviera. Y a todo esto la gente de Pedrajas aplaudiendo a rabiar.

Y los toreros luciendo camperamente a los del Raso a la hora de la suerte de varas. Bien aleccionados estaban todos para que esta suerte, en desuso en la mayoría de los cosos, en Pedrajas se cumpliera a rajatabla. Y se cumple. Y se espera el tiempo que sea preciso para que el novillo vaya al caballo. Y vaya arrancándose desde el platillo.

Y el piquero echando el palo con torería esperando la llegada de los bravos Rasos, cumpliendo con la obligación de picar en lo alto -la mayoría se pica trasero- y de no ser derribados. Hubo dos derribos y con estrépito. Rafa Agudo rompió la vara en el encontronazo con el buen sexto. En fin. La emoción constante durante toda la tarde.
Y en los avíos repetidores, unos mejor que otros, pero todos con la virtud de acometer a las telas. Y la presentación impecable. Sin caras de asustar, y con lustre, con arrobas, musculosos, finos de cabos, robustos de culata y enmorrillados. Rematados en suma.

Y duros de muerte. La raza de los del Raso no se acababa ni en el último resuello y con espadazos en el sitio. La grandeza de la casta. Los santacolomas, algunos, son así, como los del Raso de Portillo.
¿Y de los toreros qué? Pues poco, la verdad. Estuvieron. Ya hemos dicho que supieron lucir a los novillos. Pero a la hora de la verdad, a la hora de ofrecer las telas, poco que decir. La bravura y la casta exige, y si no se está preparado se le puede caer a uno el mundo encima.

La reseña sería esta

David Cadavid, pitos y división de opiniones tras aviso. Con el que abrió plaza, el más áspero del encierro, anduvo con muchas precauciones y falto de oficio. Mostró lo mejor de sí con el que hizo cuarto; un utrero noble y con temple -rajado al final- al que, en fases, toreó bien por abajo, pero mal con la espada.

Alberto Pozo, que sustituía a Juan Angel Corbacho, se llevó el lote y la tarde cortando la oreja del que hizo segundo con un toreo bullicioso y matando de forma eficaz. Vuelta al ruedo al novillo.

Del indultado quinto paseó los máximos trofeos simbólicos junto a los ganaderos, Iñigo y Mauricio Gamazo y el mayoral de la divisa, Juanan Agudo, que también es picador junto a su hermano Rafa.

Destacar del albaceteño en el quinto un buen recibo capotero, rematado con una media y otro buen ramillete de lances al paso llevándolo al caballo. El utrero, castaño listón, pedía mando y temple. Y a Pozo le faltó romperse con el bravo animal.

Ya de anochecida, los bueyes del Cholo hacían su trabajo llevando hacia las corraletas a “Aforadito” para posteriormente trasladarlo hacia El Raso. Allí, tras ser curado, le espera una vida de ensueño.

Rafael Reyes: denotó oficio y torería. No terminó de acoplarse y faltó quietud ante su primero. Estocada arriba, pero con el verduguillo se eternizó, que diría el maestro José Luis Lera. Silencio.

Con el que cerraba plaza, el de Córdoba manejó con mucho gusto el capote, rematando con una media soberbia. Puso rehiletes con más voluntad que acierto y hubo pasajes aislados con la franela. Estocada arriba, pero sin efecto. Tardó una eternidad en doblar sonando dos avisos. Saludó desde el tercio. Ya habíamos hablado de los duros de muerte que son los animales de este encaste.

Destacar a los varilargueros Alvaro Marrón y Rafa Agudo. Ambos fueron aplaudidos con fuerza por un público que rozó casi los tres cuartos de plaza en tarde agradable.

LAS FOTOS DE ALBERTO POZO POR NATALIA CALVO
   
      

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